Ser sastre
Si bien la sastrería es un oficio que ha gozado de un gran reconocimiento por los adultos mayores, ahora su clientela es tan variopinta como extensa. La creatividad y la experiencia se ajustan a la medida de las necesidades.
Entre paños, linos, agujas y moldes han transcurrido los últimos 20 años de Fabio Marín, un hombre que confecciona pantalones, faldas y chaquetas a medida y que modifica todo tipo de prendas de vestir según el capricho de sus clientes. Él es uno de los pocos sastres que le quedan a Medellín.
Es la sastrería un oficio tan antiguo y noble que quienes desde épocas remotas lo ejercen, dieron origen al apellido castellano Sastre; también este es el nombre de un popular traje de vestir y, para más señas de esa importancia en la historia, fueron los sastres homenajeados por Giovanni Battista Maroni, quien en el siglo XIV dio vida al retrato Il Sarto, una pintura renacentista que hoy se encuentra en la National Gallery, en Reino Unido.
Cuando una situación familiar obligó a don Fabio Marín a comenzar con este oficio, y aunque él era ya conocedor del quehacer de un sastre, no fue esa una decisión que hubiese tomado por gusto propio. Pero hoy, conciente de la importancia del buen vestir, disfruta tanto de su trabajo que hasta se siente diseñador y sugiere a sus clientes, con creatividad, sobre la ropa que pueden usar.
En su espacio de trabajo, llamado El Taller, ubicado en el barrio El Poblado, hay dos máquinas de coser tipo familiar, una fileteadora, una máquina plana industrial y tres empleados que las manejan. Hay, también, una mesa de corte, donde comienza la aventura de don Fabio; con agilidad, precisión y rapidez, cualidades a las que le suma esmero y dedicación, esas manos ven el resultado: una prenda de vestir hecha a la medida.
Las telas elásticas (o licradas, como se llaman a todas las telas con esta característica, gracias a lo popular que se volvió la marca Lycra) son los materiales que el tacto de don Fabio más disfruta, no solo por la suavidad con la que éstas se deslizan por debajo de la aguja de la máquina de coser, sino por su elasticidad, su versatilidad y la manera cómo se ajustan al cuerpo. Pero si tuviese que elegir una sola prenda como su preferida, difícil tarea para un sastre que todo su trabajo lo hace con gusto.
Aunque la sastrería es un oficio más reconocido por los adultos mayores, quienes son los que más acuden a sus servicios, hoy la clientela se distribuye entre varias generaciones. “Aquí viene de todo. Los jóvenes están viniendo a que les estreche los bluyines, pero la gente mayor viene mucho a que les arregle sus prendas, porque se engordaron o porque adelgazaron”, explica don Fabio, quien atiende complacido y por igual a hombres y mujeres, jóvenes y ya mayores, conciente de lo difícil que puede resultar satisfacer por completo a un cliente, “porque la mayor parte de la gente que viene a una sastrería es complicada”.
Dice el señor Marín que en su oficio nunca se termina de aprender todo acerca de la sastrería. Cada pantalón, cada blusa, cada falda y en general cada prenda de vestir, tiene tantas formas como personas que deseen usarla. Y como si ya no bastase con esas variedades, mientras los días corren en El Taller, entre una calma un poco ruidosa por el motor de las máquinas de coser y la radio encendida, la moda cambia, llegan nuevos materiales, nuevas formas, nuevas prendas, incluso, y desde el pequeño local que ocupa don Fabio, es su obligación estar al tanto de esas transformaciones que a veces amenazan con la extinción de la sastrería como hoy la conocemos.
Sin embargo, y aunque grandes marcas de ropa y almacenes de cadena ofrezcan una exclusividad que muchos anhelan, el que sabe que su sastre de cabecera será el único capaz de armar una camisa o una chaqueta según sus gustos, antojos y hasta resabios, no cambiará ese placer de la ropa hecha a medida por el lujo de una marca.
Don Fabio Marín, que es uno de los pocos sastres que le quedan a Medellín, sabe que su oficio es para seguir caprichos y él los sigue con gusto, disfruta de cada corte, cada botón, cada ojal, cada puntada y finaliza cobrando con modestia lo justo por su trabajo. Así, el sastre seguirá siendo importante, tan importante como él se siente para quienes lo visitan, y aunque vuelvan y digan que este oficio se ve amenazado, no faltará nunca quien prefiera dejar el ritual de su vestido a estas manos.